domingo, 10 de febrero de 2013

El misterioso salto de D. B. Cooper (primera parte)


El nombre de D. B. Cooper todavía produce rabia y frustración en el FBI, que tras más de cuarenta años de investigación no ha sido capaz de dar con el protagonista de uno de los crímenes más audaces y espectaculares que se recuerdan en los Estados Unidos. El plan de aquel osado hombre parecía apropiado para el guion de una película de aventuras, pero demasiado fantasioso como para funcionar en la realidad: secuestrar un avión, hacerse con un saco lleno de dinero y saltar en paracaídas del avión en pleno vuelo. Sin embargo, para admiración de algunos, enojo de otros y sorpresa de todos, D. B. Cooper se salió con la suya.

Los hechos comenzaron la víspera del Día de Acción de Gracias de 1971 en el aeropuerto de la lluviosa ciudad de Portland, Oregón. Un hombre vestido con traje negro y portando un maletín se acercó al mostrador de la Northwest Orient Airlines y pidió un billete de ida para Seattle, otra ciudad de la costa oeste estadounidense. El hombre se identificó como Dan Cooper. Tras pagar los veinte dólares que costaba, recibió del encargado un pasaje para el vuelo 305 que salía poco después. Con total tranquilidad, Cooper se sentó y aguardó el momento del embarque. Como pudieron comprobar los investigadores más tarde, nadie se fijó en él en esos momentos: era un maestro en pasar desapercibido.

El Boeing 727 despegó a las 15.07, con aproximadamente media hora de retraso. Tan pronto como se hubo completado la maniobra de despegue, el hombre del traje oscuro puso en marcha su plan. Sin mediar palabra, entregó a la azafata Florence Schaffner una nota. La joven, sorprendida, pensó que probablemente se trataba de un intento de conseguir una cita con ella y guardó el papel sin molestarse en leerlo. Esto no gustó a Cooper, que al poco le indicó mediante gestos que se acercara. Schaffner hizo caso, a pesar de que en aquel momento estaba demasiado ocupada para los requerimientos amorosos de un pasajero pesado. Al llegar junto a él, el hombre se inclinó y le susurró unas palabras al oído tan inesperadas como aterradoras: “Señorita, más le vale que lea eso. Tengo una bomba”.

Se desconoce el texto exacto de la nota, ya que el astuto Cooper pidió después que se la devolvieran, pero aproximadamente decía así: “Tengo una bomba en mi maletín. La usaré si es necesario. Siéntese a mi lado”. Por supuesto, Schaffner obedeció. El pasajero abrió el maletín y le enseñó lo que parecían ser ocho barras de dinamita conectadas a una batería, al tiempo que advertía: “Tan sólo tengo que unir este cable de aquí con este aparato y moriremos todos”. A continuación, le pidió a la azafata que apuntara sus exigencias: 200.000 dólares en efectivo, una mochila y dos paracaídas delanteros y dos traseros, todo lo cual tenía que estar listo antes de las cinco de la tarde. Añadió que quería un camión lleno de combustible en el aeropuerto de destino listo para repostar el avión. Tal como contaría Schaffner posteriormente, en aquel momento sintió auténtico pánico y temió por su vida.

La chica se dirigió rápidamente a la cabina de mando para informar al piloto y al copiloto de la situación, quienes comunicaron el secuestro por radio al centro de operaciones. En poco tiempo, siguiendo el protocolo establecido para los casos de secuestro, el FBI se puso en contacto con el presidente de la aerolínea para preguntarle si deseaba pagar el rescate, a lo que éste respondió afirmativamente, pues no deseaba arriesgarse a una matanza. Mientras tanto, a los pasajeros se les comunicó por megafonía que el vuelo estaba experimentando unas dificultades técnicas que retrasarían la llegada a Seattle. Cooper, por su parte, se puso unas gafas de sol y pidió que le sirvieran bourbon, un tipo de whisky.

El dinero fue facilitado por un banco que tenía cantidades reservadas para emergencias de este tipo. Los billetes habían sido todos fotografiados y se dejó constancia de sus números de serie. Mayores dificultades presentó encontrar los paracaídas, lo que provocó que se retrasara el aterrizaje del avión. Como veremos más adelante, esta incidencia inquietó a Cooper. En cualquier caso, aunque a estas alturas sus intenciones empezaban a ser claras, las autoridades descartaron sabotear los paracaídas, ya que temían que el secuestrador quisiera saltar con rehenes.

Finalmente, a las 17.47 la aeronave pudo tomar tierra en el aeropuerto de Seattle. Un empleado de la compañía aérea se acercó al avión para entregar el dinero y los paracaídas mientras un camión llenaba de combustible el Boeing 727. Como gesto de buena voluntad, Cooper dio permiso para que los otros 36 pasajeros y dos de las tres azafatas abandonaran el aparato. Tan sólo fueron obligados a permanecer el piloto, el copiloto, el ingeniero de vuelo y la azafata Tina Mucklow. El secuestrador tuvo además la precaución de ordenar que se cubrieran todas las ventanillas, medida que quizá le salvó la vida, dado que el FBI tenía apostados varios francotiradores con rifles de mira telescópica esperando el momento propicio.

Cooper indicó a los pilotos que despegaran y pusieran rumbo a México, D.F., pero éstos le advirtieron de que sería imposible realizar dicho recorrido sin volver a repostar al menos en una ocasión. Tras una tensa conversación, se acordó que la escala se haría en Reno, Nevada. Además, el avión habría de volar a una altura relativamente baja y una velocidad bastante lenta para lo que era habitual. Por si esto no fuera suficiente, el misterioso hombre también exigió que el avión despegara con la puerta trasera abierta, si bien una vez más los pilotos tuvieron que convencerle de que ello era imposible; es más, intentaron explicarle que dicha puerta ni siquiera podía abrirse durante el vuelo. Tal como se vería, muy pocas personas (entre ellas Cooper, aparentemente) sabían que sí se podía hacer.

A las 19.34 el Boeing 727 despegó nuevamente. Dos cazas F-106 escoltaban el aparato a una distancia prudencial, quizá demasiado prudencial para resultar de utilidad. Mientras tanto, el secuestrador pidió a la azafata Mucklow que fuese a la cabina de mando y cerrara tras de sí la cortinilla que separa la primera clase de la clase turista. Mucklow diría más tarde que, justo antes de pasar la cortina, vio a Cooper atándose la bolsa que contenía el dinero. No era una tarea sencilla, pues los 10.000 billetes de veinte dólares que constituían el montante del rescate pesaban, en total, cerca de diez kilos y ocupaban casi tanto espacio como un niño pequeño. Seguramente, el hombre estaría lamentándose de que en vez de entregarle la mochila que había pedido, las autoridades le hubieran suministrado una simple bolsa de lona. De todas formas, ya era demasiado tarde para echarse atrás. A las 19.42, se encendió en cabina una luz que indicaba a los pilotos que la puerta trasera se acababa de abrir. Media hora después, a las 20.13, sintieron una oscilación en el avión que les permitió deducir que Cooper había saltado.

Llama la atención que este hombre tan metódico y osado tardara 31 minutos en saltar desde que abrió la puerta trasera. ¿Le invadiría el terror en el último momento al asomarse y comprobar que reinaba una oscuridad total y que llovía a cántaros? Es posible que entonces maldijera la hora en que se le había ocurrido tan disparatado plan y coqueteara con la idea de arrepentirse. Sin embargo, llegó a la conclusión de que ya había llegado demasiado lejos y que sólo podía seguir adelante. Así, saltó hacia lo desconocido.

El avión siguió con la ruta pactada y aterrizó en Reno a las 23.02, con la puerta trasera abierta y produciendo chispas por la fricción con el asfalto. El FBI tomó rápidamente el aparato, pero Cooper había desaparecido, dejando como único rastro su corbata negra con su respectivo pasador y dos de los cuatro paracaídas. A partir de ese instante, dio comienzo una de las investigaciones más apasionantes y largas que se recuerdan en el FBI, llegando incluso hasta nuestros días.

Dos son las preguntas en las que se ha centrado la investigación. En primer lugar, ¿quién era Dan Cooper, erróneamente apodado por la prensa D. B. Cooper? Como veremos en la segunda parte de este artículo, se han averiguado muchos detalles sobre él y se ha llegado a una lista más o menos reducida de sospechosos. La segunda cuestión es también muy importante: ¿qué fue de Cooper después del salto? ¿Sobrevivió? Con respecto a este interrogante se cuenta con una pista muy significativa que salió a la luz años después de los hechos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario