El nombre de D. B. Cooper todavía produce rabia y frustración
en el FBI, que tras más de cuarenta años de investigación no ha sido capaz de
dar con el protagonista de uno de los crímenes más audaces y espectaculares que
se recuerdan en los Estados Unidos. El plan de aquel osado hombre parecía
apropiado para el guion de una película de aventuras, pero demasiado fantasioso
como para funcionar en la realidad: secuestrar un avión, hacerse con un saco
lleno de dinero y saltar en paracaídas del avión en pleno vuelo. Sin embargo,
para admiración de algunos, enojo de otros y sorpresa de todos, D. B. Cooper se
salió con la suya.
Los hechos comenzaron la víspera del Día de Acción de Gracias
de 1971 en el aeropuerto de la lluviosa ciudad de Portland, Oregón. Un hombre
vestido con traje negro y portando un maletín se acercó al mostrador de la Northwest Orient Airlines y pidió un
billete de ida para Seattle, otra ciudad de la costa oeste estadounidense. El
hombre se identificó como Dan Cooper. Tras pagar los veinte dólares que
costaba, recibió del encargado un pasaje para el vuelo 305 que salía poco
después. Con total tranquilidad, Cooper se sentó y aguardó el momento del
embarque. Como pudieron comprobar los investigadores más tarde, nadie se fijó
en él en esos momentos: era un maestro en pasar desapercibido.
El Boeing 727 despegó a las 15.07, con aproximadamente media
hora de retraso. Tan pronto como se hubo completado la maniobra de despegue, el
hombre del traje oscuro puso en marcha su plan. Sin mediar palabra, entregó a
la azafata Florence Schaffner una nota. La joven, sorprendida, pensó que
probablemente se trataba de un intento de conseguir una cita con ella y guardó
el papel sin molestarse en leerlo. Esto no gustó a Cooper, que al poco le indicó
mediante gestos que se acercara. Schaffner hizo caso, a pesar de que en aquel
momento estaba demasiado ocupada para los requerimientos amorosos de un
pasajero pesado. Al llegar junto a él, el hombre se inclinó y le susurró unas
palabras al oído tan inesperadas como aterradoras: “Señorita, más le vale que
lea eso. Tengo una bomba”.
Se desconoce el texto exacto de la nota, ya que el astuto
Cooper pidió después que se la devolvieran, pero aproximadamente decía así:
“Tengo una bomba en mi maletín. La usaré si es necesario. Siéntese a mi lado”.
Por supuesto, Schaffner obedeció. El pasajero abrió el maletín y le enseñó lo
que parecían ser ocho barras de dinamita conectadas a una batería, al tiempo
que advertía: “Tan sólo tengo que unir este cable de aquí con este aparato y
moriremos todos”. A continuación, le pidió a la azafata que apuntara sus
exigencias: 200.000 dólares en efectivo, una mochila y dos paracaídas
delanteros y dos traseros, todo lo cual tenía que estar listo antes de las
cinco de la tarde. Añadió que quería un camión lleno de combustible en el
aeropuerto de destino listo para repostar el avión. Tal como contaría Schaffner
posteriormente, en aquel momento sintió auténtico pánico y temió por su vida.
La chica se dirigió rápidamente a la cabina de mando para
informar al piloto y al copiloto de la situación, quienes comunicaron el
secuestro por radio al centro de operaciones. En poco tiempo, siguiendo el
protocolo establecido para los casos de secuestro, el FBI se puso en contacto
con el presidente de la aerolínea para preguntarle si deseaba pagar el rescate,
a lo que éste respondió afirmativamente, pues no deseaba arriesgarse a una
matanza. Mientras tanto, a los pasajeros se les comunicó por megafonía que el
vuelo estaba experimentando unas dificultades técnicas que retrasarían la
llegada a Seattle. Cooper, por su parte, se puso unas gafas de sol y pidió que
le sirvieran bourbon, un tipo de
whisky.
El dinero fue facilitado por un banco que tenía cantidades
reservadas para emergencias de este tipo. Los billetes habían sido todos
fotografiados y se dejó constancia de sus números de serie. Mayores
dificultades presentó encontrar los paracaídas, lo que provocó que se retrasara
el aterrizaje del avión. Como veremos más adelante, esta incidencia inquietó a
Cooper. En cualquier caso, aunque a estas alturas sus intenciones empezaban a
ser claras, las autoridades descartaron sabotear los paracaídas, ya que temían
que el secuestrador quisiera saltar con rehenes.
Finalmente, a las 17.47 la aeronave pudo tomar tierra en el
aeropuerto de Seattle. Un empleado de la compañía aérea se acercó al avión para
entregar el dinero y los paracaídas mientras un camión llenaba de combustible el
Boeing 727. Como gesto de buena voluntad, Cooper dio permiso para que los otros
36 pasajeros y dos de las tres azafatas abandonaran el aparato. Tan sólo fueron
obligados a permanecer el piloto, el copiloto, el ingeniero de vuelo y la
azafata Tina Mucklow. El secuestrador tuvo además la precaución de ordenar que
se cubrieran todas las ventanillas, medida que quizá le salvó la vida, dado que
el FBI tenía apostados varios francotiradores con rifles de mira telescópica
esperando el momento propicio.
Cooper indicó a los pilotos que despegaran y pusieran rumbo a
México, D.F., pero éstos le advirtieron de que sería imposible realizar dicho
recorrido sin volver a repostar al menos en una ocasión. Tras una tensa
conversación, se acordó que la escala se haría en Reno, Nevada. Además, el
avión habría de volar a una altura relativamente baja y una velocidad bastante
lenta para lo que era habitual. Por si esto no fuera suficiente, el misterioso
hombre también exigió que el avión despegara con la puerta trasera abierta, si
bien una vez más los pilotos tuvieron que convencerle de que ello era imposible;
es más, intentaron explicarle que dicha puerta ni siquiera podía abrirse
durante el vuelo. Tal como se vería, muy pocas personas (entre ellas Cooper,
aparentemente) sabían que sí se podía hacer.
A las 19.34 el Boeing 727 despegó nuevamente. Dos cazas F-106
escoltaban el aparato a una distancia prudencial, quizá demasiado prudencial
para resultar de utilidad. Mientras tanto, el secuestrador pidió a la azafata
Mucklow que fuese a la cabina de mando y cerrara tras de sí la cortinilla que
separa la primera clase de la clase turista. Mucklow diría más tarde que, justo
antes de pasar la cortina, vio a Cooper atándose la bolsa que contenía el
dinero. No era una tarea sencilla, pues los 10.000 billetes de veinte dólares
que constituían el montante del rescate pesaban, en total, cerca de diez kilos
y ocupaban casi tanto espacio como un niño pequeño. Seguramente, el hombre
estaría lamentándose de que en vez de entregarle la mochila que había pedido,
las autoridades le hubieran suministrado una simple bolsa de lona. De todas
formas, ya era demasiado tarde para echarse atrás. A las 19.42, se encendió en
cabina una luz que indicaba a los pilotos que la puerta trasera se acababa de
abrir. Media hora después, a las 20.13, sintieron una oscilación en el avión
que les permitió deducir que Cooper había saltado.
Llama la atención que este hombre tan metódico y osado
tardara 31 minutos en saltar desde que abrió la puerta trasera. ¿Le invadiría
el terror en el último momento al asomarse y comprobar que reinaba una
oscuridad total y que llovía a cántaros? Es posible que entonces maldijera la
hora en que se le había ocurrido tan disparatado plan y coqueteara con la idea
de arrepentirse. Sin embargo, llegó a la conclusión de que ya había llegado
demasiado lejos y que sólo podía seguir adelante. Así, saltó hacia lo
desconocido.
El avión siguió con la ruta pactada y aterrizó en Reno a las
23.02, con la puerta trasera abierta y produciendo chispas por la fricción con
el asfalto. El FBI tomó rápidamente el aparato, pero Cooper había desaparecido,
dejando como único rastro su corbata negra con su respectivo pasador y dos de
los cuatro paracaídas. A partir de ese instante, dio comienzo una de las
investigaciones más apasionantes y largas que se recuerdan en el FBI, llegando
incluso hasta nuestros días.
Dos son las preguntas en las que se ha centrado la
investigación. En primer lugar, ¿quién era Dan Cooper, erróneamente apodado por
la prensa D. B. Cooper? Como veremos en la segunda parte de este artículo, se
han averiguado muchos detalles sobre él y se ha llegado a una lista más o menos
reducida de sospechosos. La segunda cuestión es también muy importante: ¿qué
fue de Cooper después del salto? ¿Sobrevivió? Con respecto a este interrogante
se cuenta con una pista muy significativa que salió a la luz años después de
los hechos.
