miércoles, 24 de abril de 2013

El misterioso salto de D. B. Cooper (segunda parte)


Ésta es la continuación de El misterioso salto de D. B. Cooper. Si aún no has leído la primera parte, puedes hacerlo aquí.


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Tras el espectacular salto en paracaídas desde un Boeing 727 en pleno vuelo, el FBI centró todos sus esfuerzos en identificar al osado delincuente que había conseguido escaparse con 200.000 dólares delante de sus mismísimas narices.

La descripción que proporcionaron las azafatas que trataron con Cooper fue un buen punto de partida. Coincidieron en que era un hombre de mediana edad, de raza blanca aunque de tez morena, cabello oscuro, ojos marrones y de aproximadamente 1,80 de altura. Hablaba el inglés americano sin ningún tipo de acento regional que delatase su procedencia. Debido a su aspecto mediterráneo, las autoridades consideraron la posibilidad de que pudiese ser de origen italiano o hispano, quizá hijo de inmigrantes. En cuanto a su personalidad, existen algunas divergencias, pero la opinión de la azafata Mucklow, que fue la persona que más tiempo pasó con él durante el secuestro, es que era un hombre educado y considerado. Por ejemplo, Cooper pidió que se sirviera comida a la tripulación mientras el avión esperaba en tierra en Seattle a que trajeran los paracaídas y el dinero.

Otros detalles relativos a Cooper podían deducirse de los hechos. Para empezar, era muy astuto. Se aseguró de no dejar en el avión ninguna nota escrita a partir de la cual los investigadores pudiesen obtener pistas. También llama la atención que pidiese cuatro paracaídas; probablemente, quería hacer creer al FBI que se llevaría algún rehén consigo y de esta manera pretendía disuadir a los agentes de sabotear los paracaídas.

Otra deducción es que estaba familiarizado con el funcionamiento de los aviones y, en particular, con los aviones correspondientes al modelo Boeing 727. No sólo dio a los pilotos instrucciones muy precisas acerca de cómo debían volar de Seattle a Reno (incluyendo cuestiones muy técnicas como la posición de los flaps), sino que también sabía que la puerta trasera del aparato podía abrirse en pleno vuelo, algo que los mismos pilotos ignoraban. Además, era también evidente que tenía nociones de paracaidismo. Todo ello llevó al FBI a sospechar en un principio que había estado en el ejército, probablemente como paracaidista. Otro hecho reforzaba esta tesis: cuando Cooper esperaba a que las autoridades le encontrasen los paracaídas que había solicitado, se impacientó y comentó que no comprendía la tardanza, teniendo en cuenta que la base aérea de McChord se encontraba a unos veinte minutos en coche. Éste era un detalle que pocos civiles conocían.

No obstante, con los años, el FBI abandonó la tesis de que se tratara de un paracaidista experimentado. En primer lugar, ni siquiera los más veteranos se habrían atrevido a saltar en las condiciones en que Cooper lo hizo: de noche y sin luz, con fuertes vientos, mucha lluvia y sin llevar ropa ni calzado adecuados. En segundo lugar, no fue capaz de detectar que uno de los cuatro paracaídas que le habían entregado, por error, no estaba destinado al uso práctico sino a fines educativos y que estaba cerrado de tal manera que nunca se abriría. En opinión de los investigadores, un profesional lo habría advertido inmediatamente. Cooper no sólo no protestó, sino que ése fue uno de los dos paracaídas que escogió para efectuar el salto. Todo ello lleva al FBI a pensar que se trataba de un hombre que tenía conocimientos básicos de paracaidismo pero que no era, ni mucho menos, un profesional.

Las autoridades investigaron a varios sospechosos, sin llegar a ninguna conclusión. Quizá el sospechoso con más papeletas fue Richard McCoy, que el 7 de abril de 1972, apenas cuatro meses y medio después del golpe de Cooper, repitió la jugada logrando saltar de un Boeing 727 con 500.000 dólares. McCoy embarcó en Denver en el vuelo 855 de United Airlines y entregó a la azafata un sobre con las “instrucciones del secuestro”, mientras amenazaba con emplear su granada y su pistola si no se accedía a sus pretensiones. Como Cooper, exigió unos paracaídas con los que pudo saltar en pleno vuelo con el dinero que había extorsionado. Sin embargo, dejó varias pistas que rápidamente llevaron a su identificación, tales como notas escritas de su puño y letra. Apenas dos días después del crimen, McCoy fue detenido por la policía, que tras un registro encontró en su casa una bolsa de lona con 499.970 dólares en efectivo. ¿Podía tratarse del famoso D. B. Cooper?

McCoy siempre se negó a contestar la pregunta (“prefiero no hablar de ello”, solía decir), pero el FBI cree que la respuesta es negativa. A pesar de que, grosso modo, la ejecución de ambos crímenes se parece, los detalles difieren, llevando a pensar que estamos ante delincuentes distintos. Mientras que Cooper se mostró astuto, dejando muy pocas huellas, McCoy fue mucho más descuidado, dejando tantas pistas que pudo ser localizado en poquísimo tiempo. Sobre todo, el físico de éste no coincidía de ninguna manera con la descripción del primero. Es más probable que se tratara de un imitador que buscase replicar el aparente éxito del misterioso secuestrador. En cualquier caso, McCoy no acabó bien sus días: fue condenado a 45 años de prisión, logró fugarse tras poco más de un año entre rejas y finalmente murió en un tiroteo con el FBI en 1974.

Descartados éste y otros sospechosos, los investigadores trataron de determinar qué fue de D. B. Cooper. Mediante complejos cálculos que tenían en cuenta las condiciones meteorológicas del día de los hechos y la orografía e hidrografía del terreno, se estableció el área en que pudo haber caído, que fue concienzudamente peinada. Sin embargo, a pesar de los muchos recursos humanos y materiales empleados, todas las pesquisas fueron en vano. Hubo que esperar siete años para el hallazgo casual de la primera pista. En noviembre de 1978, un cazador encontró una placa en un bosque dentro del área investigada. En un principio, no le dio mayor importancia y la recogió con la intención de tirarla luego a la basura. No obstante, cuando la miró más detenidamente, le sorprendió que la placa contenía instrucciones sobre cómo abrir la puerta trasera de un Boeing 727. Avisó a las autoridades, que pronto determinaron que esa placa pertenecía al avión secuestrado por Cooper. Los fuertes vientos la habrían arrancado del lugar en que estaba fijada al abrirse la puerta trasera en pleno vuelo. Desgraciadamente, esta pista no aportó nada al FBI, salvo confirmar los cálculos de la zona en que se produjo el salto.

La investigación cobraría un nuevo y decidido impulso en febrero de 1980, con el descubrimiento de la pista más importante hasta la fecha. Poco imaginaba el pequeño Brian Ingram, de ocho años de edad, que al remover la tierra en un banco de arena junto al río Columbia haría un hallazgo tan inesperado: tres fajos de billetes de 20 dólares en mal estado, sumando un total de 5.880 dólares. El padre intuyó que ese dinero no podía tener un origen legítimo, por lo que al día siguiente contactó con la policía. Cuando el dinero llegó a manos del FBI, los federales comprobaron el número de serie de los billetes y sus sospechas se confirmaron: esos fajos eran parte del rescate entregado a D. B. Cooper. Sin embargo, tras la euforia inicial, los agentes pronto se dieron cuenta de que esta pista planteaba más interrogantes de los que resolvía.

Para empezar, el mismo lugar del hallazgo era problemático, pues estaba fuera del área del salto. Cabían dos posibilidades: el dinero había llegado hasta ahí por medios naturales, o bien había sido escondido por alguien, quizá por el propio Cooper. En contra de esta última hipótesis se esgrimió que parece poco probable que alguien ocultara el dinero en la arena sin más, sin ni siquiera colocarlo en una bolsa para protegerlo de la humedad y el desgaste. También sería extraño que sólo se enterraran 5.880 dólares, teniendo en cuenta que el rescate fue de 200.000 dólares. Además, ¿por qué la persona que ocultó los fajos nunca volvió para recuperarlos? Habían transcurrido más de ocho años, tiempo más que suficiente para regresar y recogerlos.

La otra teoría entiende que el dinero cayó en otro sitio, pero fue arrastrado por las corrientes hasta el punto en que fue descubierto. El FBI considera ésta la hipótesis más probable, si bien tampoco está exenta de problemas. Los expertos consideran que los billetes y las gomas elásticas que los sujetaban, a pesar del deterioro apreciable, presentaban un estado de conservación demasiado bueno para haber permanecido ocho años enterrados en la arena de un río. Uno de los agentes encargados de la investigación opina incluso que esos billetes no podían llevar más de un año fuera de una bolsa. Otro problema lo plantea el hecho de que los tres fajos acabaran juntos, lo cual resulta llamativo si aceptamos la teoría de que estuvieron flotando muchos kilómetros en aguas fluviales sin que nada los uniese entre sí.

La nueva pista reavivó la investigación y se inspeccionaron los alrededores, pero sin resultados. Periódicamente se realizan hallazgos que parecen esperanzadores para luego acabar en decepción. Por ejemplo, en 1981 se descubrió en la zona un cráneo, que tras un análisis se determinó que pertenecía a una mujer de raza amerindia. Más recientemente, en 2008, se encontró un paracaídas enterrado que resultó ser de la época de la Segunda Guerra Mundial, muy anterior a la fecha del secuestro. Ello no desanima a los investigadores, que aún no han dado el caso por cerrado y esperan algún día encontrar una pista definitiva que aclare el misterio de una vez por todas.

La opinión más aceptada en el FBI es que el hombre conocido como D. B. Cooper no sobrevivió al salto. Las condiciones en que se tiró, con lluvia, frío, viento, sin vestimenta adecuada, de noche y en un terreno difícil, habrían supuesto un reto complicado de superar hasta para el paracaidista más curtido y experimentado. El dinero encontrado en un banco de arena parece reforzar la tesis de que sus planes no le salieron bien. No obstante, los agentes no descartan por completo que sobreviviera, aunque se le escapara parte del botín, y que lograse burlar a las autoridades hasta el final de sus días. Es incluso posible que siga vivo en la actualidad, en cuyo caso andaría ya cerca de los noventa años. Por ello, el FBI anima a cualquier ciudadano que posea alguna pista sobre la identidad de Cooper a que se ponga en contacto con la agencia. Mientras tanto, tan sólo podemos imaginar cuál fue el destino del misterioso salto de D. B. Cooper.





domingo, 10 de febrero de 2013

El misterioso salto de D. B. Cooper (primera parte)


El nombre de D. B. Cooper todavía produce rabia y frustración en el FBI, que tras más de cuarenta años de investigación no ha sido capaz de dar con el protagonista de uno de los crímenes más audaces y espectaculares que se recuerdan en los Estados Unidos. El plan de aquel osado hombre parecía apropiado para el guion de una película de aventuras, pero demasiado fantasioso como para funcionar en la realidad: secuestrar un avión, hacerse con un saco lleno de dinero y saltar en paracaídas del avión en pleno vuelo. Sin embargo, para admiración de algunos, enojo de otros y sorpresa de todos, D. B. Cooper se salió con la suya.

Los hechos comenzaron la víspera del Día de Acción de Gracias de 1971 en el aeropuerto de la lluviosa ciudad de Portland, Oregón. Un hombre vestido con traje negro y portando un maletín se acercó al mostrador de la Northwest Orient Airlines y pidió un billete de ida para Seattle, otra ciudad de la costa oeste estadounidense. El hombre se identificó como Dan Cooper. Tras pagar los veinte dólares que costaba, recibió del encargado un pasaje para el vuelo 305 que salía poco después. Con total tranquilidad, Cooper se sentó y aguardó el momento del embarque. Como pudieron comprobar los investigadores más tarde, nadie se fijó en él en esos momentos: era un maestro en pasar desapercibido.

El Boeing 727 despegó a las 15.07, con aproximadamente media hora de retraso. Tan pronto como se hubo completado la maniobra de despegue, el hombre del traje oscuro puso en marcha su plan. Sin mediar palabra, entregó a la azafata Florence Schaffner una nota. La joven, sorprendida, pensó que probablemente se trataba de un intento de conseguir una cita con ella y guardó el papel sin molestarse en leerlo. Esto no gustó a Cooper, que al poco le indicó mediante gestos que se acercara. Schaffner hizo caso, a pesar de que en aquel momento estaba demasiado ocupada para los requerimientos amorosos de un pasajero pesado. Al llegar junto a él, el hombre se inclinó y le susurró unas palabras al oído tan inesperadas como aterradoras: “Señorita, más le vale que lea eso. Tengo una bomba”.

Se desconoce el texto exacto de la nota, ya que el astuto Cooper pidió después que se la devolvieran, pero aproximadamente decía así: “Tengo una bomba en mi maletín. La usaré si es necesario. Siéntese a mi lado”. Por supuesto, Schaffner obedeció. El pasajero abrió el maletín y le enseñó lo que parecían ser ocho barras de dinamita conectadas a una batería, al tiempo que advertía: “Tan sólo tengo que unir este cable de aquí con este aparato y moriremos todos”. A continuación, le pidió a la azafata que apuntara sus exigencias: 200.000 dólares en efectivo, una mochila y dos paracaídas delanteros y dos traseros, todo lo cual tenía que estar listo antes de las cinco de la tarde. Añadió que quería un camión lleno de combustible en el aeropuerto de destino listo para repostar el avión. Tal como contaría Schaffner posteriormente, en aquel momento sintió auténtico pánico y temió por su vida.

La chica se dirigió rápidamente a la cabina de mando para informar al piloto y al copiloto de la situación, quienes comunicaron el secuestro por radio al centro de operaciones. En poco tiempo, siguiendo el protocolo establecido para los casos de secuestro, el FBI se puso en contacto con el presidente de la aerolínea para preguntarle si deseaba pagar el rescate, a lo que éste respondió afirmativamente, pues no deseaba arriesgarse a una matanza. Mientras tanto, a los pasajeros se les comunicó por megafonía que el vuelo estaba experimentando unas dificultades técnicas que retrasarían la llegada a Seattle. Cooper, por su parte, se puso unas gafas de sol y pidió que le sirvieran bourbon, un tipo de whisky.

El dinero fue facilitado por un banco que tenía cantidades reservadas para emergencias de este tipo. Los billetes habían sido todos fotografiados y se dejó constancia de sus números de serie. Mayores dificultades presentó encontrar los paracaídas, lo que provocó que se retrasara el aterrizaje del avión. Como veremos más adelante, esta incidencia inquietó a Cooper. En cualquier caso, aunque a estas alturas sus intenciones empezaban a ser claras, las autoridades descartaron sabotear los paracaídas, ya que temían que el secuestrador quisiera saltar con rehenes.

Finalmente, a las 17.47 la aeronave pudo tomar tierra en el aeropuerto de Seattle. Un empleado de la compañía aérea se acercó al avión para entregar el dinero y los paracaídas mientras un camión llenaba de combustible el Boeing 727. Como gesto de buena voluntad, Cooper dio permiso para que los otros 36 pasajeros y dos de las tres azafatas abandonaran el aparato. Tan sólo fueron obligados a permanecer el piloto, el copiloto, el ingeniero de vuelo y la azafata Tina Mucklow. El secuestrador tuvo además la precaución de ordenar que se cubrieran todas las ventanillas, medida que quizá le salvó la vida, dado que el FBI tenía apostados varios francotiradores con rifles de mira telescópica esperando el momento propicio.

Cooper indicó a los pilotos que despegaran y pusieran rumbo a México, D.F., pero éstos le advirtieron de que sería imposible realizar dicho recorrido sin volver a repostar al menos en una ocasión. Tras una tensa conversación, se acordó que la escala se haría en Reno, Nevada. Además, el avión habría de volar a una altura relativamente baja y una velocidad bastante lenta para lo que era habitual. Por si esto no fuera suficiente, el misterioso hombre también exigió que el avión despegara con la puerta trasera abierta, si bien una vez más los pilotos tuvieron que convencerle de que ello era imposible; es más, intentaron explicarle que dicha puerta ni siquiera podía abrirse durante el vuelo. Tal como se vería, muy pocas personas (entre ellas Cooper, aparentemente) sabían que sí se podía hacer.

A las 19.34 el Boeing 727 despegó nuevamente. Dos cazas F-106 escoltaban el aparato a una distancia prudencial, quizá demasiado prudencial para resultar de utilidad. Mientras tanto, el secuestrador pidió a la azafata Mucklow que fuese a la cabina de mando y cerrara tras de sí la cortinilla que separa la primera clase de la clase turista. Mucklow diría más tarde que, justo antes de pasar la cortina, vio a Cooper atándose la bolsa que contenía el dinero. No era una tarea sencilla, pues los 10.000 billetes de veinte dólares que constituían el montante del rescate pesaban, en total, cerca de diez kilos y ocupaban casi tanto espacio como un niño pequeño. Seguramente, el hombre estaría lamentándose de que en vez de entregarle la mochila que había pedido, las autoridades le hubieran suministrado una simple bolsa de lona. De todas formas, ya era demasiado tarde para echarse atrás. A las 19.42, se encendió en cabina una luz que indicaba a los pilotos que la puerta trasera se acababa de abrir. Media hora después, a las 20.13, sintieron una oscilación en el avión que les permitió deducir que Cooper había saltado.

Llama la atención que este hombre tan metódico y osado tardara 31 minutos en saltar desde que abrió la puerta trasera. ¿Le invadiría el terror en el último momento al asomarse y comprobar que reinaba una oscuridad total y que llovía a cántaros? Es posible que entonces maldijera la hora en que se le había ocurrido tan disparatado plan y coqueteara con la idea de arrepentirse. Sin embargo, llegó a la conclusión de que ya había llegado demasiado lejos y que sólo podía seguir adelante. Así, saltó hacia lo desconocido.

El avión siguió con la ruta pactada y aterrizó en Reno a las 23.02, con la puerta trasera abierta y produciendo chispas por la fricción con el asfalto. El FBI tomó rápidamente el aparato, pero Cooper había desaparecido, dejando como único rastro su corbata negra con su respectivo pasador y dos de los cuatro paracaídas. A partir de ese instante, dio comienzo una de las investigaciones más apasionantes y largas que se recuerdan en el FBI, llegando incluso hasta nuestros días.

Dos son las preguntas en las que se ha centrado la investigación. En primer lugar, ¿quién era Dan Cooper, erróneamente apodado por la prensa D. B. Cooper? Como veremos en la segunda parte de este artículo, se han averiguado muchos detalles sobre él y se ha llegado a una lista más o menos reducida de sospechosos. La segunda cuestión es también muy importante: ¿qué fue de Cooper después del salto? ¿Sobrevivió? Con respecto a este interrogante se cuenta con una pista muy significativa que salió a la luz años después de los hechos.


jueves, 31 de enero de 2013

Los náufragos de Anticosti


12 de mayo de 1829. Viéndose sorprendidos por una tormenta cerca de la isla de Anticosti (este de Canadá), los ocupantes de un barco deciden buscar cobijo en uno de los varios refugios que el Imperio Británico ha construido a lo largo de la peligrosa costa, precisamente para estas emergencias. Al llegar al refugio, les llama la atención en la orilla una barca de nombre ilegible, si bien no hay más señales de vida humana en los alrededores. Intrigados, intentan abrir la puerta de la casa, pero una fuerza lo impide desde dentro. Por fin, con no poco trabajo, consiguen abrir la puerta, que se mantenía cerrada gracias a una cuerda que alguien le había atado. A pesar de que todas estas circunstancias presagian algo fuera de lo común, ninguno de aquellos hombres está preparado para la macabra escena que se presenta ante sus ojos al franquear el umbral. Nada más entrar, se encuentran frente a cuatro troncos humanos colgados del techo, con la cabeza, brazos y piernas amputadas y las entrañas extraídas, y otros dos troncos en el suelo, mutilados de igual manera. Por si esto fuera poco, hallan dos baúles llenos de carne humana troceada en pequeños pedazos y calderos en los que aparentemente se había cocinado este improvisado alimento. Una inspección más detallada revela que la casa entera está repleta de restos de canibalismo. No menos sorprendentemente, descubren tendido en una hamaca el cadáver intacto de un hombre vestido como un marinero. Puede que sólo llevase muerto unos días.

Evidentemente, las noticias del terrible hallazgo conmocionaron a toda la colonia. Pronto se concluyó que los restos pertenecían a la tripulación y pasajeros del Granicus, que había zarpado del Quebec rumbo a Cork, Irlanda, el 29 de octubre de 1828, con alrededor de 30 personas a bordo, de las cuales catorce eran pasajeros y el resto miembros de la tripulación. Según se pudo averiguar, no mucho después de haber partido, el barco encalló en la parte oriental de Anticosti. Esta enorme isla, situada en la desembocadura del río San Lorenzo, es temida por los marineros a causa de sus peligrosas costas. Los numerosísimos naufragios de que han sido testigo sus aguas son suficientes para inspirar respeto hasta en el más curtido lobo de mar: que se sepa, en sus cercanías se han perdido más de 400 barcos desde que la isla fue descubierta por los europeos. Además, los pobres desgraciados que tenían la fortuna de sobrevivir al naufragio y llegar a la orilla se encontraban ante un panorama desolador: una isla prácticamente deshabitada, más del doble de grande que Mallorca, con una temperatura media anual de 1,9 °C, abundantes precipitaciones (a menudo en forma de nieve) y escasas facilidades para hallar alimentos. Fue por este motivo que las autoridades hicieron construir diversos refugios a lo largo de sus costas que, sin embargo, de poco servían si no eran adecuadamente provistos de víveres, como la historia que nos ocupa habría de demostrar.

El Granicus encalló en noviembre de 1828 y se sabe que en los primeros momentos del accidente o en los inmediatamente posteriores murieron, al menos, dos personas, pues dos cadáveres fueron encontrados en el lugar. Posiblemente perecieron varios más en aquellos instantes iniciales. Los supervivientes se dirigieron a la casa-refugio más cercana, que se encontraba a unas quince millas, y que estaba a cargo de un tal Godin. No obstante, éste había abandonado la casa el mes anterior y no quedaban provisiones (en la investigación que hubo después, Godin alegó en su defensa que había recibido la orden de volver a Quebec y que la comida se había echado a perder). El refugio proporcionó a los náufragos alivio momentáneo, pero dado que no pudieron traer consigo las provisiones del barco, pronto tuvieron que enfrentarse al problema de la comida. Con el duro invierno boreal a punto de empezar, buscarla en el exterior no era una opción realista para unas personas que carecían de los conocimientos necesarios para sobrevivir en un ambiente tan hostil.

Lo que ocurrió a continuación no está muy claro. Probablemente, los supervivientes fueron alimentándose de los muertos a medida que se sucedían los fallecimientos por hambre, enfermedad u otra causa natural. Por desgracia, la naturaleza no siempre suministraba un nuevo cadáver cuando el anterior había sido ya consumido, y los hambrientos náufragos tuvieron que añadir el homicidio a su lista de vergüenzas. Las numerosas manchas de sangre descubiertas por toda la casa, algunas hasta en el techo, dan fe de una violencia brutal. Ciertas vestimentas, además, presentan cortes realizados con arma blanca, lo que parece reforzar esta tesis. En unos pantalones en concreto había al menos diez cortes de cuchillo entre el muslo y la cintura. Quizá hubo peleas a la hora de determinar quién había de ser sacrificado para que los demás pudiesen vivir.

Así, cada vez más cerca de los animales que de los humanos, un grupo de infelices logró sobrevivir al invierno de Anticosti. En la inspección posterior del refugio se encontraría la siguiente inscripción, que no estaba cuando Godin lo abandonó: “S. M. T. H. I. F. S. March 27 & 28”. De ello se deduce que a finales de marzo todavía quedaban siete personas con vida, cuyas iniciales corresponden con las letras transcritas. Por ejemplo, las dos “S” se referirían a una señora Sterling y a uno de sus hijos, y la “H” a B. Harrington, el hombre que murió en la hamaca. Sin embargo, el 12 de mayo ya habían fallecido todos. ¿Qué sucedió en ese espacio de tiempo de mes y medio? ¿Por qué unas personas que habían sobrevivido a más de cuatro meses de penurias, en la época más dura del año, sucumbieron tan rápidamente justo cuando llegaba la primavera? Otro interrogante lo plantea el cuerpo de Harrington, perfectamente conservado, acostado en una hamaca. ¿Qué siniestro papel tuvo en los últimos días de esta tragedia? ¿De qué murió, si había abundante “alimento” en la casa y el frío extremo había ya pasado?

Tan sólo podemos especular acerca de lo que aconteció aquellas semanas. Tal vez esos “últimos siete” no murieron de hambre: si tenemos en cuenta que la gran cantidad de carne humana hallada con posterioridad en la casa correspondía a muchas más de siete personas, éstas ya debían de tener suficiente carne disponible para sobrevivir, aunque fuera economizándola. Una teoría considera probable que Harrington, extenuado por el hambre, el frío y las estrecheces propias de tan prolongado encierro, enloqueció y mató a los demás moradores del refugio. Luego, procedió a preparar los cuerpos para su mejor aprovechamiento, como hace un carnicero con los animales. No sería de extrañar que él tuviera que ver con las cabezas que quedaron en el horno (una de ellas, por cierto, pelirroja). Al verse de repente con tanto alimento al alcance de la mano tras un largo racionamiento, Harrington habría consumido mucha más carne de la que su debilitado cuerpo podía soportar en esas circunstancias, lo cual explicaría su muerte. Sea como fuere, en sus últimos momentos fue consciente de que no sobreviviría, y dejó una nota por la que pedía que se hicieran llegar sus 48 soberanos (una moneda de oro inglesa) a su mujer en Gran Bretaña. Habría sido interesante que hubiese dejado también un escrito explicando las desventuras del grupo, pero no lo consideró necesario, o no quiso hacerlo por cansancio o algún otro motivo.

Resulta difícil determinar cuántas personas perecieron en aquella casa. Los primeros en investigar el refugio consideraron que había restos pertenecientes a unas doce o trece personas: dos mujeres adultas, tres niños y siete u ocho hombres. En inspecciones sucesivas se encontraron nuevos restos en los lugares más insospechados y el número de víctimas se estimó entonces en unas 17 o quizá 20 personas. Los restantes ocupantes del Granicus habrían muerto en el naufragio o en el trayecto hasta el refugio.

Sólo nos queda imaginarnos cómo debió ser la pesadilla que vivieron los náufragos, aislados en una tierra inhóspita y gélida, encerrados en una casa durante meses con otras personas igualmente desesperadas y obligados a cometer actos repugnantes para poder sobrevivir. Seguramente, su ética y su resistencia física y psicológica se vieron puestas a prueba todos los días. Por lo menos, su tragedia sirvió para que las autoridades se tomaran más en serio el correcto mantenimiento de los refugios costeros, toda una necesidad en la isla de Anticosti, el “cementerio del San Lorenzo”, que vería muchos más naufragios después del Granicus.

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Y tú, ¿qué crees que sucedió? No olvides escribir tu comentario.

miércoles, 23 de enero de 2013

¿Quién puso a Bella en el olmo?

Durante más de medio siglo, una enigmática pintada ha aparecido periódicamente en distintos lugares de la región inglesa de las Midlands Occidentales, siempre con la misma pregunta: “¿Quién puso a Bella en el olmo de montaña?”. La interrogación resulta aún más inquietante en su redacción original, “Who put Bella in the wych-elm?”, debido a que la palabra wych, que forma parte del nombre del árbol, tiene la misma pronunciación que witch, bruja en inglés. Este detalle, como veremos más adelante, no carece de importancia. En cualquier caso, para comprender el origen del misterio, es preciso que nos remontemos a los años cuarenta.

Aquel domingo de abril brillaba un frío sol primaveral sobre la Inglaterra profunda. Corría el año 1943 y, mientras la nación libraba una brutal guerra contra el totalitarismo nazi, un grupo de cuatro muchachos se internaba en el bosque de Hagley buscando nidos de pájaros. Al cabo de un rato, los jóvenes dieron con un olmo de aspecto siniestro del que salía una maraña de ramas retorcidas. Parecía un lugar propicio para un nido, así que Bob Farmer, ni corto ni perezoso, se encaramó como pudo al árbol tratando de alcanzar la parte superior del mismo. No obstante, al mirar hacia abajo, observó a través de las ramas que algo blanco relucía en el hueco que había en el tronco. En un primer momento, pensó que se trataba de una calavera de algún animal que fue a parar a morir en ese recóndito lugar. Llevado por la morbosa curiosidad propia de su edad, Bob extrajo la calavera para examinarla más de cerca. Comprobó que todavía quedaba un poco de carne putrefacta en la frente con restos de pelo lacio y que los dos dientes delanteros estaban torcidos. Entonces, cayó en la cuenta: sin lugar a dudas, se trataba de un cráneo humano. Asustado, volvió a depositar su macabro hallazgo en el sitio en que lo había descubierto. Los chicos, que temían ser castigados por haber entrado en la finca de un lord sin permiso, decidieron que no hablarían a nadie del asunto.

Era difícil que semejante secreto pudiera guardarse mucho tiempo. Al cabo de unas horas, el más joven del grupo sintió que ya no podía contenerse y le contó lo sucedido a su padre. Éste, a su vez, se puso rápidamente en contacto con la policía del condado que al día siguiente procedió a investigar el extraño olmo. Efectivamente, los agentes hallaron en el hueco del árbol un esqueleto humano casi completo, un zapato, restos de ropa y un anillo de casada. Para añadir aún más misterio si cabe, al cuerpo le faltaba una mano, que fue descubierta enterrada cerca del olmo.

Los restos fueron examinados por el médico forense James Webster, que determinó que se trataba de una mujer de unos 35 años de edad. Calculó que llevaría muerta en torno a año y medio. Entre otros detalles, llegó a la conclusión de que era de baja estatura (poco más de 1,50), que había dado a luz al menos en una ocasión y que en el año anterior a su muerte le habían extraído un diente de la parte derecha de su mandíbula. Con relación a las causas del fallecimiento, todo apuntaba a que había sido víctima de un homicidio por asfixia. En la boca de la mujer se hallaron restos de tafetán, una tela generalmente empleada en vestidos de gala. Además, estaba claro que el cuerpo había sido escondido en el olmo en los instantes inmediatamente posteriores a la muerte, cuando aún estaba caliente, dado que habría sido imposible colocarlo en aquella posición una vez que los efectos del rigor mortis hubiesen comenzado a manifestarse.

El primer paso de la policía fue tratar de identificar a la víctima gracias a los datos obtenidos a través del análisis forense. Sin embargo, en la zona no había constancia de ninguna mujer desaparecida que encajase con su perfil. Dado que su dentadura presentaba irregularidades poco comunes, se llegó publicar una descripción de la misma en revistas de odontología, por si algún dentista reconocía así a una antigua paciente, pero fue todo en vano. Lo único que quedó claro era que no podía tratarse de una lugareña, pues de lo contrario habría sido fácilmente reconocida en una comunidad rural en la que todos se conocían entre sí. Se siguieron algunas pistas, pero siempre terminaban llevando a los investigadores a callejones sin salida.

La prensa se hizo eco del caso, si bien la guerra y la falta de avances en la investigación propiciaron que la cuestión perdiera actualidad al cabo de un tiempo. De repente, aquellas Navidades, apareció en un pueblo cercano el primer grafito preguntando quién había puesto a la mujer en el olmo. En esta primera ocasión, la víctima recibió el nombre de Luebella, pero pronto, en sucesivas pintadas, se adoptó definitivamente el nombre de Bella. Nadie sabe quién escribía la pregunta ni por qué esta persona se había obsesionado con el asesinato, pero los grafitos de “Who put Bella in the wych-elm?” han seguido apareciendo misteriosamente durante décadas en la zona, en la mayoría de los casos escritos por la misma mano, hasta por lo menos 1999. La policía nunca consiguió dar con el autor, aunque estima que lo más probable es que se trate de alguien sin ninguna relación con el homicidio.

El crimen jamás fue resuelto, pero ello no ha impedido que se hayan formulado diversas teorías para explicarlo. La más inquietante parte de la base de que la mano de la mujer fuera enterrada cerca del árbol. Una antropóloga llamada Margaret Murray opinó que Bella fue víctima de una ejecución llevada a cabo según los ritos de la magia negra, en los que se contemplaba la amputación de la mano al ajusticiado. Además, el olmo de montaña, el árbol en cuyo hueco se descubrió el cadáver, está asociado a la brujería en las leyendas locales. De acuerdo con esta teoría, Bella habría sido una bruja que osó cometer alguna falta contra sus compañeras de magia negra y fue castigada por ello. La hipótesis resultaba fascinante, pero no convenció a la policía. Aparte de que no había pruebas sólidas que la sustentasen, no se tenía constancia de que todavía se celebrasen aquelarres en esa parte de Inglaterra en los años cuarenta.

Otra teoría cobró forma a partir de 1953, diez años después del hallazgo del cuerpo. Una persona que firmaba como “ANNA” escribió una carta a un periodista en la que aseguraba que Bella había sido, en realidad, una holandesa implicada en una operación de espionaje para los alemanes. En un momento dado, Bella habría descubierto demasiado acerca de la operación y otros espías acabaron con su vida. Al parecer, algunos de los detalles mencionados por Anna en la carta se correspondían con la realidad, por lo que la policía y los servicios secretos británicos siguieron esta nueva línea de investigación. No obstante, al cabo de un tiempo se abandonó sin haber logrado resultado alguno.

Muchas más teorías se han ido proponiendo a lo largo de los años, pero la que actualmente goza de más fuerza entiende que Bella pudo haber sido una residente de la cercana Birmingham que se refugió en el bosque de Hagley huyendo de los bombardeos alemanes. Allí, habría tenido la mala suerte de toparse con un individuo que aprovechó la ocasión para posiblemente violarla y, a continuación, matarla. El único punto débil de esta hipótesis estriba en que, estando presumiblemente casada y con hijos, nadie hubiese denunciado su desaparición.

Con respecto a la mano enterrada, si se descarta la tesis de la brujería, sólo cabe pensar que fue llevaba hasta ahí por algún animal que revolvió entre los restos de la malograda mujer, por extraño que esto parezca. No tiene ningún sentido que el asesino le cortara la mano al cuerpo y la enterrara a poca distancia. Sin embargo, muy pocas cosas tienen sentido en toda esta historia.

Lo más probable es que nunca sepamos la verdad acerca de Bella. Ni siquiera podemos aplicar las nuevas tecnologías al caso, dado que en una fecha desconocida el esqueleto desapareció de la Facultad de Medicina de la Universidad de Birmingham, donde había sido depositado. Quizá sólo nos resta preguntarnos, al igual que el anónimo grafitero, ¿quién puso a Bella en el olmo?





Presentación

Hoy doy comienzo a este blog en que, de la manera más amena posible, relataré aquellos sucesos históricos sobre los que he leído y que, por un motivo u otro, me han llamado especialmente la atención. Pueden ser historias de intriga, misterio, aventuras o simplemente acontecimientos curiosos o divertidos que desearía compartir con los demás. Salvo que se indique expresamente lo contrario, todas estas historias son ciertas y ocurrieron realmente. Quizá, en ocasiones, resulten sorprendentes, pero como decía Mark Twain, la realidad es más extraña que la ficción porque la realidad no necesita ser verosímil. 


El objetivo de este blog no es competir con los libros o artículos de historia escritos por los profesionales de este ámbito, sino sencillamente entretener a sus lectores y, con un poco de suerte, hacerles descubrir mundos fascinantes.

¡Un saludo a todos!