Ésta es la continuación de El
misterioso salto de D. B. Cooper. Si aún no has leído la primera parte, puedes
hacerlo aquí.
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Tras el espectacular salto en
paracaídas desde un Boeing 727 en pleno vuelo, el FBI centró todos sus
esfuerzos en identificar al osado delincuente que había conseguido escaparse
con 200.000 dólares delante de sus mismísimas narices.
La descripción que proporcionaron
las azafatas que trataron con Cooper fue un buen punto de partida. Coincidieron
en que era un hombre de mediana edad, de raza blanca aunque de tez morena,
cabello oscuro, ojos marrones y de aproximadamente 1,80 de altura. Hablaba el
inglés americano sin ningún tipo de acento regional que delatase su
procedencia. Debido a su aspecto mediterráneo, las autoridades consideraron la
posibilidad de que pudiese ser de origen italiano o hispano, quizá hijo de
inmigrantes. En cuanto a su personalidad, existen algunas divergencias, pero la
opinión de la azafata Mucklow, que fue la persona que más tiempo pasó con él
durante el secuestro, es que era un hombre educado y considerado. Por ejemplo,
Cooper pidió que se sirviera comida a la tripulación mientras el avión esperaba
en tierra en Seattle a que trajeran los paracaídas y el dinero.
Otros detalles relativos a Cooper
podían deducirse de los hechos. Para empezar, era muy astuto. Se aseguró de no
dejar en el avión ninguna nota escrita a partir de la cual los investigadores
pudiesen obtener pistas. También llama la atención que pidiese cuatro
paracaídas; probablemente, quería hacer creer al FBI que se llevaría algún
rehén consigo y de esta manera pretendía disuadir a los agentes de sabotear los
paracaídas.
Otra deducción es que estaba
familiarizado con el funcionamiento de los aviones y, en particular, con los
aviones correspondientes al modelo Boeing 727. No sólo dio a los pilotos
instrucciones muy precisas acerca de cómo debían volar de Seattle a Reno
(incluyendo cuestiones muy técnicas como la posición de los flaps), sino que también sabía que la
puerta trasera del aparato podía abrirse en pleno vuelo, algo que los mismos
pilotos ignoraban. Además, era también evidente que tenía nociones de
paracaidismo. Todo ello llevó al FBI a sospechar en un principio que había
estado en el ejército, probablemente como paracaidista. Otro hecho reforzaba
esta tesis: cuando Cooper esperaba a que las autoridades le encontrasen los
paracaídas que había solicitado, se impacientó y comentó que no comprendía la
tardanza, teniendo en cuenta que la base aérea de McChord se encontraba a unos
veinte minutos en coche. Éste era un detalle que pocos civiles conocían.
No obstante, con los años, el FBI
abandonó la tesis de que se tratara de un paracaidista experimentado. En primer
lugar, ni siquiera los más veteranos se habrían atrevido a saltar en las
condiciones en que Cooper lo hizo: de noche y sin luz, con fuertes vientos, mucha
lluvia y sin llevar ropa ni calzado adecuados. En segundo lugar, no fue capaz
de detectar que uno de los cuatro paracaídas que le habían entregado, por
error, no estaba destinado al uso práctico sino a fines educativos y que estaba
cerrado de tal manera que nunca se abriría. En opinión de los investigadores,
un profesional lo habría advertido inmediatamente. Cooper no sólo no protestó,
sino que ése fue uno de los dos paracaídas que escogió para efectuar el salto.
Todo ello lleva al FBI a pensar que se trataba de un hombre que tenía
conocimientos básicos de paracaidismo pero que no era, ni mucho menos, un
profesional.
Las autoridades investigaron a
varios sospechosos, sin llegar a ninguna conclusión. Quizá el sospechoso con
más papeletas fue Richard McCoy, que el 7 de abril de 1972, apenas cuatro meses
y medio después del golpe de Cooper, repitió la jugada logrando saltar de un
Boeing 727 con 500.000 dólares. McCoy embarcó en Denver en el vuelo 855 de
United Airlines y entregó a la azafata un sobre con las “instrucciones del
secuestro”, mientras amenazaba con emplear su granada y su pistola si no se
accedía a sus pretensiones. Como Cooper, exigió unos paracaídas con los que
pudo saltar en pleno vuelo con el dinero que había extorsionado. Sin embargo,
dejó varias pistas que rápidamente llevaron a su identificación, tales como
notas escritas de su puño y letra. Apenas dos días después del crimen, McCoy
fue detenido por la policía, que tras un registro encontró en su casa una bolsa
de lona con 499.970 dólares en efectivo. ¿Podía tratarse del famoso D. B.
Cooper?
McCoy siempre se negó a contestar
la pregunta (“prefiero no hablar de ello”, solía decir), pero el FBI cree que
la respuesta es negativa. A pesar de que, grosso
modo, la ejecución de ambos crímenes se parece, los detalles difieren,
llevando a pensar que estamos ante delincuentes distintos. Mientras que Cooper
se mostró astuto, dejando muy pocas huellas, McCoy fue mucho más descuidado,
dejando tantas pistas que pudo ser localizado en poquísimo tiempo. Sobre todo,
el físico de éste no coincidía de ninguna manera con la descripción del
primero. Es más probable que se tratara de un imitador que buscase replicar el
aparente éxito del misterioso secuestrador. En cualquier caso, McCoy no acabó
bien sus días: fue condenado a 45 años de prisión, logró fugarse tras poco más
de un año entre rejas y finalmente murió en un tiroteo con el FBI en 1974.
Descartados éste y otros
sospechosos, los investigadores trataron de determinar qué fue de D. B. Cooper.
Mediante complejos cálculos que tenían en cuenta las condiciones meteorológicas
del día de los hechos y la orografía e hidrografía del terreno, se estableció
el área en que pudo haber caído, que fue concienzudamente peinada. Sin embargo,
a pesar de los muchos recursos humanos y materiales empleados, todas las
pesquisas fueron en vano. Hubo que esperar siete años para el hallazgo casual
de la primera pista. En noviembre de 1978, un cazador encontró una placa en un
bosque dentro del área investigada. En un principio, no le dio mayor
importancia y la recogió con la intención de tirarla luego a la basura. No obstante,
cuando la miró más detenidamente, le sorprendió que la placa contenía
instrucciones sobre cómo abrir la puerta trasera de un Boeing 727. Avisó a las
autoridades, que pronto determinaron que esa placa pertenecía al avión
secuestrado por Cooper. Los fuertes vientos la habrían arrancado del lugar en
que estaba fijada al abrirse la puerta trasera en pleno vuelo.
Desgraciadamente, esta pista no aportó nada al FBI, salvo confirmar los
cálculos de la zona en que se produjo el salto.
La investigación cobraría un
nuevo y decidido impulso en febrero de 1980, con el descubrimiento de la pista
más importante hasta la fecha. Poco imaginaba el pequeño Brian Ingram, de ocho
años de edad, que al remover la tierra en un banco de arena junto al río
Columbia haría un hallazgo tan inesperado: tres fajos de billetes de 20 dólares
en mal estado, sumando un total de 5.880 dólares. El padre intuyó que ese
dinero no podía tener un origen legítimo, por lo que al día siguiente contactó
con la policía. Cuando el dinero llegó a manos del FBI, los federales comprobaron
el número de serie de los billetes y sus sospechas se confirmaron: esos fajos
eran parte del rescate entregado a D. B. Cooper. Sin embargo, tras la euforia
inicial, los agentes pronto se dieron cuenta de que esta pista planteaba más
interrogantes de los que resolvía.
Para empezar, el mismo lugar del
hallazgo era problemático, pues estaba fuera del área del salto. Cabían dos
posibilidades: el dinero había llegado hasta ahí por medios naturales, o bien
había sido escondido por alguien, quizá por el propio Cooper. En contra de esta
última hipótesis se esgrimió que parece poco probable que alguien ocultara el
dinero en la arena sin más, sin ni siquiera colocarlo en una bolsa para
protegerlo de la humedad y el desgaste. También sería extraño que sólo se
enterraran 5.880 dólares, teniendo en cuenta que el rescate fue de 200.000
dólares. Además, ¿por qué la persona que ocultó los fajos nunca volvió para
recuperarlos? Habían transcurrido más de ocho años, tiempo más que suficiente para
regresar y recogerlos.
La otra teoría entiende que el
dinero cayó en otro sitio, pero fue arrastrado por las corrientes hasta el
punto en que fue descubierto. El FBI considera ésta la hipótesis más probable,
si bien tampoco está exenta de problemas. Los expertos consideran que los
billetes y las gomas elásticas que los sujetaban, a pesar del deterioro
apreciable, presentaban un estado de conservación demasiado bueno para haber
permanecido ocho años enterrados en la arena de un río. Uno de los agentes
encargados de la investigación opina incluso que esos billetes no podían llevar
más de un año fuera de una bolsa. Otro problema lo plantea el hecho de que los
tres fajos acabaran juntos, lo cual resulta llamativo si aceptamos la teoría de
que estuvieron flotando muchos kilómetros en aguas fluviales sin que nada los
uniese entre sí.
La nueva pista reavivó la
investigación y se inspeccionaron los alrededores, pero sin resultados.
Periódicamente se realizan hallazgos que parecen esperanzadores para luego
acabar en decepción. Por ejemplo, en 1981 se descubrió en la zona un cráneo,
que tras un análisis se determinó que pertenecía a una mujer de raza amerindia.
Más recientemente, en 2008, se encontró un paracaídas enterrado que resultó ser
de la época de la Segunda Guerra Mundial, muy anterior a la fecha del
secuestro. Ello no desanima a los investigadores, que aún no han dado el caso
por cerrado y esperan algún día encontrar una pista definitiva que aclare el
misterio de una vez por todas.
La opinión más aceptada en el FBI
es que el hombre conocido como D. B. Cooper no sobrevivió al salto. Las
condiciones en que se tiró, con lluvia, frío, viento, sin vestimenta adecuada,
de noche y en un terreno difícil, habrían supuesto un reto complicado de
superar hasta para el paracaidista más curtido y experimentado. El dinero
encontrado en un banco de arena parece reforzar la tesis de que sus planes no
le salieron bien. No obstante, los agentes no descartan por completo que
sobreviviera, aunque se le escapara parte del botín, y que lograse burlar a las
autoridades hasta el final de sus días. Es incluso posible que siga vivo en la
actualidad, en cuyo caso andaría ya cerca de los noventa años. Por ello, el FBI
anima a cualquier ciudadano que posea alguna pista sobre la identidad de Cooper
a que se ponga en contacto con la agencia. Mientras tanto, tan sólo podemos
imaginar cuál fue el destino del misterioso salto de D. B. Cooper.


