miércoles, 24 de abril de 2013

El misterioso salto de D. B. Cooper (segunda parte)


Ésta es la continuación de El misterioso salto de D. B. Cooper. Si aún no has leído la primera parte, puedes hacerlo aquí.


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Tras el espectacular salto en paracaídas desde un Boeing 727 en pleno vuelo, el FBI centró todos sus esfuerzos en identificar al osado delincuente que había conseguido escaparse con 200.000 dólares delante de sus mismísimas narices.

La descripción que proporcionaron las azafatas que trataron con Cooper fue un buen punto de partida. Coincidieron en que era un hombre de mediana edad, de raza blanca aunque de tez morena, cabello oscuro, ojos marrones y de aproximadamente 1,80 de altura. Hablaba el inglés americano sin ningún tipo de acento regional que delatase su procedencia. Debido a su aspecto mediterráneo, las autoridades consideraron la posibilidad de que pudiese ser de origen italiano o hispano, quizá hijo de inmigrantes. En cuanto a su personalidad, existen algunas divergencias, pero la opinión de la azafata Mucklow, que fue la persona que más tiempo pasó con él durante el secuestro, es que era un hombre educado y considerado. Por ejemplo, Cooper pidió que se sirviera comida a la tripulación mientras el avión esperaba en tierra en Seattle a que trajeran los paracaídas y el dinero.

Otros detalles relativos a Cooper podían deducirse de los hechos. Para empezar, era muy astuto. Se aseguró de no dejar en el avión ninguna nota escrita a partir de la cual los investigadores pudiesen obtener pistas. También llama la atención que pidiese cuatro paracaídas; probablemente, quería hacer creer al FBI que se llevaría algún rehén consigo y de esta manera pretendía disuadir a los agentes de sabotear los paracaídas.

Otra deducción es que estaba familiarizado con el funcionamiento de los aviones y, en particular, con los aviones correspondientes al modelo Boeing 727. No sólo dio a los pilotos instrucciones muy precisas acerca de cómo debían volar de Seattle a Reno (incluyendo cuestiones muy técnicas como la posición de los flaps), sino que también sabía que la puerta trasera del aparato podía abrirse en pleno vuelo, algo que los mismos pilotos ignoraban. Además, era también evidente que tenía nociones de paracaidismo. Todo ello llevó al FBI a sospechar en un principio que había estado en el ejército, probablemente como paracaidista. Otro hecho reforzaba esta tesis: cuando Cooper esperaba a que las autoridades le encontrasen los paracaídas que había solicitado, se impacientó y comentó que no comprendía la tardanza, teniendo en cuenta que la base aérea de McChord se encontraba a unos veinte minutos en coche. Éste era un detalle que pocos civiles conocían.

No obstante, con los años, el FBI abandonó la tesis de que se tratara de un paracaidista experimentado. En primer lugar, ni siquiera los más veteranos se habrían atrevido a saltar en las condiciones en que Cooper lo hizo: de noche y sin luz, con fuertes vientos, mucha lluvia y sin llevar ropa ni calzado adecuados. En segundo lugar, no fue capaz de detectar que uno de los cuatro paracaídas que le habían entregado, por error, no estaba destinado al uso práctico sino a fines educativos y que estaba cerrado de tal manera que nunca se abriría. En opinión de los investigadores, un profesional lo habría advertido inmediatamente. Cooper no sólo no protestó, sino que ése fue uno de los dos paracaídas que escogió para efectuar el salto. Todo ello lleva al FBI a pensar que se trataba de un hombre que tenía conocimientos básicos de paracaidismo pero que no era, ni mucho menos, un profesional.

Las autoridades investigaron a varios sospechosos, sin llegar a ninguna conclusión. Quizá el sospechoso con más papeletas fue Richard McCoy, que el 7 de abril de 1972, apenas cuatro meses y medio después del golpe de Cooper, repitió la jugada logrando saltar de un Boeing 727 con 500.000 dólares. McCoy embarcó en Denver en el vuelo 855 de United Airlines y entregó a la azafata un sobre con las “instrucciones del secuestro”, mientras amenazaba con emplear su granada y su pistola si no se accedía a sus pretensiones. Como Cooper, exigió unos paracaídas con los que pudo saltar en pleno vuelo con el dinero que había extorsionado. Sin embargo, dejó varias pistas que rápidamente llevaron a su identificación, tales como notas escritas de su puño y letra. Apenas dos días después del crimen, McCoy fue detenido por la policía, que tras un registro encontró en su casa una bolsa de lona con 499.970 dólares en efectivo. ¿Podía tratarse del famoso D. B. Cooper?

McCoy siempre se negó a contestar la pregunta (“prefiero no hablar de ello”, solía decir), pero el FBI cree que la respuesta es negativa. A pesar de que, grosso modo, la ejecución de ambos crímenes se parece, los detalles difieren, llevando a pensar que estamos ante delincuentes distintos. Mientras que Cooper se mostró astuto, dejando muy pocas huellas, McCoy fue mucho más descuidado, dejando tantas pistas que pudo ser localizado en poquísimo tiempo. Sobre todo, el físico de éste no coincidía de ninguna manera con la descripción del primero. Es más probable que se tratara de un imitador que buscase replicar el aparente éxito del misterioso secuestrador. En cualquier caso, McCoy no acabó bien sus días: fue condenado a 45 años de prisión, logró fugarse tras poco más de un año entre rejas y finalmente murió en un tiroteo con el FBI en 1974.

Descartados éste y otros sospechosos, los investigadores trataron de determinar qué fue de D. B. Cooper. Mediante complejos cálculos que tenían en cuenta las condiciones meteorológicas del día de los hechos y la orografía e hidrografía del terreno, se estableció el área en que pudo haber caído, que fue concienzudamente peinada. Sin embargo, a pesar de los muchos recursos humanos y materiales empleados, todas las pesquisas fueron en vano. Hubo que esperar siete años para el hallazgo casual de la primera pista. En noviembre de 1978, un cazador encontró una placa en un bosque dentro del área investigada. En un principio, no le dio mayor importancia y la recogió con la intención de tirarla luego a la basura. No obstante, cuando la miró más detenidamente, le sorprendió que la placa contenía instrucciones sobre cómo abrir la puerta trasera de un Boeing 727. Avisó a las autoridades, que pronto determinaron que esa placa pertenecía al avión secuestrado por Cooper. Los fuertes vientos la habrían arrancado del lugar en que estaba fijada al abrirse la puerta trasera en pleno vuelo. Desgraciadamente, esta pista no aportó nada al FBI, salvo confirmar los cálculos de la zona en que se produjo el salto.

La investigación cobraría un nuevo y decidido impulso en febrero de 1980, con el descubrimiento de la pista más importante hasta la fecha. Poco imaginaba el pequeño Brian Ingram, de ocho años de edad, que al remover la tierra en un banco de arena junto al río Columbia haría un hallazgo tan inesperado: tres fajos de billetes de 20 dólares en mal estado, sumando un total de 5.880 dólares. El padre intuyó que ese dinero no podía tener un origen legítimo, por lo que al día siguiente contactó con la policía. Cuando el dinero llegó a manos del FBI, los federales comprobaron el número de serie de los billetes y sus sospechas se confirmaron: esos fajos eran parte del rescate entregado a D. B. Cooper. Sin embargo, tras la euforia inicial, los agentes pronto se dieron cuenta de que esta pista planteaba más interrogantes de los que resolvía.

Para empezar, el mismo lugar del hallazgo era problemático, pues estaba fuera del área del salto. Cabían dos posibilidades: el dinero había llegado hasta ahí por medios naturales, o bien había sido escondido por alguien, quizá por el propio Cooper. En contra de esta última hipótesis se esgrimió que parece poco probable que alguien ocultara el dinero en la arena sin más, sin ni siquiera colocarlo en una bolsa para protegerlo de la humedad y el desgaste. También sería extraño que sólo se enterraran 5.880 dólares, teniendo en cuenta que el rescate fue de 200.000 dólares. Además, ¿por qué la persona que ocultó los fajos nunca volvió para recuperarlos? Habían transcurrido más de ocho años, tiempo más que suficiente para regresar y recogerlos.

La otra teoría entiende que el dinero cayó en otro sitio, pero fue arrastrado por las corrientes hasta el punto en que fue descubierto. El FBI considera ésta la hipótesis más probable, si bien tampoco está exenta de problemas. Los expertos consideran que los billetes y las gomas elásticas que los sujetaban, a pesar del deterioro apreciable, presentaban un estado de conservación demasiado bueno para haber permanecido ocho años enterrados en la arena de un río. Uno de los agentes encargados de la investigación opina incluso que esos billetes no podían llevar más de un año fuera de una bolsa. Otro problema lo plantea el hecho de que los tres fajos acabaran juntos, lo cual resulta llamativo si aceptamos la teoría de que estuvieron flotando muchos kilómetros en aguas fluviales sin que nada los uniese entre sí.

La nueva pista reavivó la investigación y se inspeccionaron los alrededores, pero sin resultados. Periódicamente se realizan hallazgos que parecen esperanzadores para luego acabar en decepción. Por ejemplo, en 1981 se descubrió en la zona un cráneo, que tras un análisis se determinó que pertenecía a una mujer de raza amerindia. Más recientemente, en 2008, se encontró un paracaídas enterrado que resultó ser de la época de la Segunda Guerra Mundial, muy anterior a la fecha del secuestro. Ello no desanima a los investigadores, que aún no han dado el caso por cerrado y esperan algún día encontrar una pista definitiva que aclare el misterio de una vez por todas.

La opinión más aceptada en el FBI es que el hombre conocido como D. B. Cooper no sobrevivió al salto. Las condiciones en que se tiró, con lluvia, frío, viento, sin vestimenta adecuada, de noche y en un terreno difícil, habrían supuesto un reto complicado de superar hasta para el paracaidista más curtido y experimentado. El dinero encontrado en un banco de arena parece reforzar la tesis de que sus planes no le salieron bien. No obstante, los agentes no descartan por completo que sobreviviera, aunque se le escapara parte del botín, y que lograse burlar a las autoridades hasta el final de sus días. Es incluso posible que siga vivo en la actualidad, en cuyo caso andaría ya cerca de los noventa años. Por ello, el FBI anima a cualquier ciudadano que posea alguna pista sobre la identidad de Cooper a que se ponga en contacto con la agencia. Mientras tanto, tan sólo podemos imaginar cuál fue el destino del misterioso salto de D. B. Cooper.