jueves, 31 de enero de 2013

Los náufragos de Anticosti


12 de mayo de 1829. Viéndose sorprendidos por una tormenta cerca de la isla de Anticosti (este de Canadá), los ocupantes de un barco deciden buscar cobijo en uno de los varios refugios que el Imperio Británico ha construido a lo largo de la peligrosa costa, precisamente para estas emergencias. Al llegar al refugio, les llama la atención en la orilla una barca de nombre ilegible, si bien no hay más señales de vida humana en los alrededores. Intrigados, intentan abrir la puerta de la casa, pero una fuerza lo impide desde dentro. Por fin, con no poco trabajo, consiguen abrir la puerta, que se mantenía cerrada gracias a una cuerda que alguien le había atado. A pesar de que todas estas circunstancias presagian algo fuera de lo común, ninguno de aquellos hombres está preparado para la macabra escena que se presenta ante sus ojos al franquear el umbral. Nada más entrar, se encuentran frente a cuatro troncos humanos colgados del techo, con la cabeza, brazos y piernas amputadas y las entrañas extraídas, y otros dos troncos en el suelo, mutilados de igual manera. Por si esto fuera poco, hallan dos baúles llenos de carne humana troceada en pequeños pedazos y calderos en los que aparentemente se había cocinado este improvisado alimento. Una inspección más detallada revela que la casa entera está repleta de restos de canibalismo. No menos sorprendentemente, descubren tendido en una hamaca el cadáver intacto de un hombre vestido como un marinero. Puede que sólo llevase muerto unos días.

Evidentemente, las noticias del terrible hallazgo conmocionaron a toda la colonia. Pronto se concluyó que los restos pertenecían a la tripulación y pasajeros del Granicus, que había zarpado del Quebec rumbo a Cork, Irlanda, el 29 de octubre de 1828, con alrededor de 30 personas a bordo, de las cuales catorce eran pasajeros y el resto miembros de la tripulación. Según se pudo averiguar, no mucho después de haber partido, el barco encalló en la parte oriental de Anticosti. Esta enorme isla, situada en la desembocadura del río San Lorenzo, es temida por los marineros a causa de sus peligrosas costas. Los numerosísimos naufragios de que han sido testigo sus aguas son suficientes para inspirar respeto hasta en el más curtido lobo de mar: que se sepa, en sus cercanías se han perdido más de 400 barcos desde que la isla fue descubierta por los europeos. Además, los pobres desgraciados que tenían la fortuna de sobrevivir al naufragio y llegar a la orilla se encontraban ante un panorama desolador: una isla prácticamente deshabitada, más del doble de grande que Mallorca, con una temperatura media anual de 1,9 °C, abundantes precipitaciones (a menudo en forma de nieve) y escasas facilidades para hallar alimentos. Fue por este motivo que las autoridades hicieron construir diversos refugios a lo largo de sus costas que, sin embargo, de poco servían si no eran adecuadamente provistos de víveres, como la historia que nos ocupa habría de demostrar.

El Granicus encalló en noviembre de 1828 y se sabe que en los primeros momentos del accidente o en los inmediatamente posteriores murieron, al menos, dos personas, pues dos cadáveres fueron encontrados en el lugar. Posiblemente perecieron varios más en aquellos instantes iniciales. Los supervivientes se dirigieron a la casa-refugio más cercana, que se encontraba a unas quince millas, y que estaba a cargo de un tal Godin. No obstante, éste había abandonado la casa el mes anterior y no quedaban provisiones (en la investigación que hubo después, Godin alegó en su defensa que había recibido la orden de volver a Quebec y que la comida se había echado a perder). El refugio proporcionó a los náufragos alivio momentáneo, pero dado que no pudieron traer consigo las provisiones del barco, pronto tuvieron que enfrentarse al problema de la comida. Con el duro invierno boreal a punto de empezar, buscarla en el exterior no era una opción realista para unas personas que carecían de los conocimientos necesarios para sobrevivir en un ambiente tan hostil.

Lo que ocurrió a continuación no está muy claro. Probablemente, los supervivientes fueron alimentándose de los muertos a medida que se sucedían los fallecimientos por hambre, enfermedad u otra causa natural. Por desgracia, la naturaleza no siempre suministraba un nuevo cadáver cuando el anterior había sido ya consumido, y los hambrientos náufragos tuvieron que añadir el homicidio a su lista de vergüenzas. Las numerosas manchas de sangre descubiertas por toda la casa, algunas hasta en el techo, dan fe de una violencia brutal. Ciertas vestimentas, además, presentan cortes realizados con arma blanca, lo que parece reforzar esta tesis. En unos pantalones en concreto había al menos diez cortes de cuchillo entre el muslo y la cintura. Quizá hubo peleas a la hora de determinar quién había de ser sacrificado para que los demás pudiesen vivir.

Así, cada vez más cerca de los animales que de los humanos, un grupo de infelices logró sobrevivir al invierno de Anticosti. En la inspección posterior del refugio se encontraría la siguiente inscripción, que no estaba cuando Godin lo abandonó: “S. M. T. H. I. F. S. March 27 & 28”. De ello se deduce que a finales de marzo todavía quedaban siete personas con vida, cuyas iniciales corresponden con las letras transcritas. Por ejemplo, las dos “S” se referirían a una señora Sterling y a uno de sus hijos, y la “H” a B. Harrington, el hombre que murió en la hamaca. Sin embargo, el 12 de mayo ya habían fallecido todos. ¿Qué sucedió en ese espacio de tiempo de mes y medio? ¿Por qué unas personas que habían sobrevivido a más de cuatro meses de penurias, en la época más dura del año, sucumbieron tan rápidamente justo cuando llegaba la primavera? Otro interrogante lo plantea el cuerpo de Harrington, perfectamente conservado, acostado en una hamaca. ¿Qué siniestro papel tuvo en los últimos días de esta tragedia? ¿De qué murió, si había abundante “alimento” en la casa y el frío extremo había ya pasado?

Tan sólo podemos especular acerca de lo que aconteció aquellas semanas. Tal vez esos “últimos siete” no murieron de hambre: si tenemos en cuenta que la gran cantidad de carne humana hallada con posterioridad en la casa correspondía a muchas más de siete personas, éstas ya debían de tener suficiente carne disponible para sobrevivir, aunque fuera economizándola. Una teoría considera probable que Harrington, extenuado por el hambre, el frío y las estrecheces propias de tan prolongado encierro, enloqueció y mató a los demás moradores del refugio. Luego, procedió a preparar los cuerpos para su mejor aprovechamiento, como hace un carnicero con los animales. No sería de extrañar que él tuviera que ver con las cabezas que quedaron en el horno (una de ellas, por cierto, pelirroja). Al verse de repente con tanto alimento al alcance de la mano tras un largo racionamiento, Harrington habría consumido mucha más carne de la que su debilitado cuerpo podía soportar en esas circunstancias, lo cual explicaría su muerte. Sea como fuere, en sus últimos momentos fue consciente de que no sobreviviría, y dejó una nota por la que pedía que se hicieran llegar sus 48 soberanos (una moneda de oro inglesa) a su mujer en Gran Bretaña. Habría sido interesante que hubiese dejado también un escrito explicando las desventuras del grupo, pero no lo consideró necesario, o no quiso hacerlo por cansancio o algún otro motivo.

Resulta difícil determinar cuántas personas perecieron en aquella casa. Los primeros en investigar el refugio consideraron que había restos pertenecientes a unas doce o trece personas: dos mujeres adultas, tres niños y siete u ocho hombres. En inspecciones sucesivas se encontraron nuevos restos en los lugares más insospechados y el número de víctimas se estimó entonces en unas 17 o quizá 20 personas. Los restantes ocupantes del Granicus habrían muerto en el naufragio o en el trayecto hasta el refugio.

Sólo nos queda imaginarnos cómo debió ser la pesadilla que vivieron los náufragos, aislados en una tierra inhóspita y gélida, encerrados en una casa durante meses con otras personas igualmente desesperadas y obligados a cometer actos repugnantes para poder sobrevivir. Seguramente, su ética y su resistencia física y psicológica se vieron puestas a prueba todos los días. Por lo menos, su tragedia sirvió para que las autoridades se tomaran más en serio el correcto mantenimiento de los refugios costeros, toda una necesidad en la isla de Anticosti, el “cementerio del San Lorenzo”, que vería muchos más naufragios después del Granicus.

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Y tú, ¿qué crees que sucedió? No olvides escribir tu comentario.

miércoles, 23 de enero de 2013

¿Quién puso a Bella en el olmo?

Durante más de medio siglo, una enigmática pintada ha aparecido periódicamente en distintos lugares de la región inglesa de las Midlands Occidentales, siempre con la misma pregunta: “¿Quién puso a Bella en el olmo de montaña?”. La interrogación resulta aún más inquietante en su redacción original, “Who put Bella in the wych-elm?”, debido a que la palabra wych, que forma parte del nombre del árbol, tiene la misma pronunciación que witch, bruja en inglés. Este detalle, como veremos más adelante, no carece de importancia. En cualquier caso, para comprender el origen del misterio, es preciso que nos remontemos a los años cuarenta.

Aquel domingo de abril brillaba un frío sol primaveral sobre la Inglaterra profunda. Corría el año 1943 y, mientras la nación libraba una brutal guerra contra el totalitarismo nazi, un grupo de cuatro muchachos se internaba en el bosque de Hagley buscando nidos de pájaros. Al cabo de un rato, los jóvenes dieron con un olmo de aspecto siniestro del que salía una maraña de ramas retorcidas. Parecía un lugar propicio para un nido, así que Bob Farmer, ni corto ni perezoso, se encaramó como pudo al árbol tratando de alcanzar la parte superior del mismo. No obstante, al mirar hacia abajo, observó a través de las ramas que algo blanco relucía en el hueco que había en el tronco. En un primer momento, pensó que se trataba de una calavera de algún animal que fue a parar a morir en ese recóndito lugar. Llevado por la morbosa curiosidad propia de su edad, Bob extrajo la calavera para examinarla más de cerca. Comprobó que todavía quedaba un poco de carne putrefacta en la frente con restos de pelo lacio y que los dos dientes delanteros estaban torcidos. Entonces, cayó en la cuenta: sin lugar a dudas, se trataba de un cráneo humano. Asustado, volvió a depositar su macabro hallazgo en el sitio en que lo había descubierto. Los chicos, que temían ser castigados por haber entrado en la finca de un lord sin permiso, decidieron que no hablarían a nadie del asunto.

Era difícil que semejante secreto pudiera guardarse mucho tiempo. Al cabo de unas horas, el más joven del grupo sintió que ya no podía contenerse y le contó lo sucedido a su padre. Éste, a su vez, se puso rápidamente en contacto con la policía del condado que al día siguiente procedió a investigar el extraño olmo. Efectivamente, los agentes hallaron en el hueco del árbol un esqueleto humano casi completo, un zapato, restos de ropa y un anillo de casada. Para añadir aún más misterio si cabe, al cuerpo le faltaba una mano, que fue descubierta enterrada cerca del olmo.

Los restos fueron examinados por el médico forense James Webster, que determinó que se trataba de una mujer de unos 35 años de edad. Calculó que llevaría muerta en torno a año y medio. Entre otros detalles, llegó a la conclusión de que era de baja estatura (poco más de 1,50), que había dado a luz al menos en una ocasión y que en el año anterior a su muerte le habían extraído un diente de la parte derecha de su mandíbula. Con relación a las causas del fallecimiento, todo apuntaba a que había sido víctima de un homicidio por asfixia. En la boca de la mujer se hallaron restos de tafetán, una tela generalmente empleada en vestidos de gala. Además, estaba claro que el cuerpo había sido escondido en el olmo en los instantes inmediatamente posteriores a la muerte, cuando aún estaba caliente, dado que habría sido imposible colocarlo en aquella posición una vez que los efectos del rigor mortis hubiesen comenzado a manifestarse.

El primer paso de la policía fue tratar de identificar a la víctima gracias a los datos obtenidos a través del análisis forense. Sin embargo, en la zona no había constancia de ninguna mujer desaparecida que encajase con su perfil. Dado que su dentadura presentaba irregularidades poco comunes, se llegó publicar una descripción de la misma en revistas de odontología, por si algún dentista reconocía así a una antigua paciente, pero fue todo en vano. Lo único que quedó claro era que no podía tratarse de una lugareña, pues de lo contrario habría sido fácilmente reconocida en una comunidad rural en la que todos se conocían entre sí. Se siguieron algunas pistas, pero siempre terminaban llevando a los investigadores a callejones sin salida.

La prensa se hizo eco del caso, si bien la guerra y la falta de avances en la investigación propiciaron que la cuestión perdiera actualidad al cabo de un tiempo. De repente, aquellas Navidades, apareció en un pueblo cercano el primer grafito preguntando quién había puesto a la mujer en el olmo. En esta primera ocasión, la víctima recibió el nombre de Luebella, pero pronto, en sucesivas pintadas, se adoptó definitivamente el nombre de Bella. Nadie sabe quién escribía la pregunta ni por qué esta persona se había obsesionado con el asesinato, pero los grafitos de “Who put Bella in the wych-elm?” han seguido apareciendo misteriosamente durante décadas en la zona, en la mayoría de los casos escritos por la misma mano, hasta por lo menos 1999. La policía nunca consiguió dar con el autor, aunque estima que lo más probable es que se trate de alguien sin ninguna relación con el homicidio.

El crimen jamás fue resuelto, pero ello no ha impedido que se hayan formulado diversas teorías para explicarlo. La más inquietante parte de la base de que la mano de la mujer fuera enterrada cerca del árbol. Una antropóloga llamada Margaret Murray opinó que Bella fue víctima de una ejecución llevada a cabo según los ritos de la magia negra, en los que se contemplaba la amputación de la mano al ajusticiado. Además, el olmo de montaña, el árbol en cuyo hueco se descubrió el cadáver, está asociado a la brujería en las leyendas locales. De acuerdo con esta teoría, Bella habría sido una bruja que osó cometer alguna falta contra sus compañeras de magia negra y fue castigada por ello. La hipótesis resultaba fascinante, pero no convenció a la policía. Aparte de que no había pruebas sólidas que la sustentasen, no se tenía constancia de que todavía se celebrasen aquelarres en esa parte de Inglaterra en los años cuarenta.

Otra teoría cobró forma a partir de 1953, diez años después del hallazgo del cuerpo. Una persona que firmaba como “ANNA” escribió una carta a un periodista en la que aseguraba que Bella había sido, en realidad, una holandesa implicada en una operación de espionaje para los alemanes. En un momento dado, Bella habría descubierto demasiado acerca de la operación y otros espías acabaron con su vida. Al parecer, algunos de los detalles mencionados por Anna en la carta se correspondían con la realidad, por lo que la policía y los servicios secretos británicos siguieron esta nueva línea de investigación. No obstante, al cabo de un tiempo se abandonó sin haber logrado resultado alguno.

Muchas más teorías se han ido proponiendo a lo largo de los años, pero la que actualmente goza de más fuerza entiende que Bella pudo haber sido una residente de la cercana Birmingham que se refugió en el bosque de Hagley huyendo de los bombardeos alemanes. Allí, habría tenido la mala suerte de toparse con un individuo que aprovechó la ocasión para posiblemente violarla y, a continuación, matarla. El único punto débil de esta hipótesis estriba en que, estando presumiblemente casada y con hijos, nadie hubiese denunciado su desaparición.

Con respecto a la mano enterrada, si se descarta la tesis de la brujería, sólo cabe pensar que fue llevaba hasta ahí por algún animal que revolvió entre los restos de la malograda mujer, por extraño que esto parezca. No tiene ningún sentido que el asesino le cortara la mano al cuerpo y la enterrara a poca distancia. Sin embargo, muy pocas cosas tienen sentido en toda esta historia.

Lo más probable es que nunca sepamos la verdad acerca de Bella. Ni siquiera podemos aplicar las nuevas tecnologías al caso, dado que en una fecha desconocida el esqueleto desapareció de la Facultad de Medicina de la Universidad de Birmingham, donde había sido depositado. Quizá sólo nos resta preguntarnos, al igual que el anónimo grafitero, ¿quién puso a Bella en el olmo?





Presentación

Hoy doy comienzo a este blog en que, de la manera más amena posible, relataré aquellos sucesos históricos sobre los que he leído y que, por un motivo u otro, me han llamado especialmente la atención. Pueden ser historias de intriga, misterio, aventuras o simplemente acontecimientos curiosos o divertidos que desearía compartir con los demás. Salvo que se indique expresamente lo contrario, todas estas historias son ciertas y ocurrieron realmente. Quizá, en ocasiones, resulten sorprendentes, pero como decía Mark Twain, la realidad es más extraña que la ficción porque la realidad no necesita ser verosímil. 


El objetivo de este blog no es competir con los libros o artículos de historia escritos por los profesionales de este ámbito, sino sencillamente entretener a sus lectores y, con un poco de suerte, hacerles descubrir mundos fascinantes.

¡Un saludo a todos!