12 de mayo de 1829. Viéndose sorprendidos por una tormenta
cerca de la isla de Anticosti (este de Canadá), los ocupantes de un barco
deciden buscar cobijo en uno de los varios refugios que el Imperio Británico ha
construido a lo largo de la peligrosa costa, precisamente para estas
emergencias. Al llegar al refugio, les llama la atención en la orilla una barca
de nombre ilegible, si bien no hay más señales de vida humana en los
alrededores. Intrigados, intentan abrir la puerta de la casa, pero una fuerza
lo impide desde dentro. Por fin, con no poco trabajo, consiguen abrir la
puerta, que se mantenía cerrada gracias a una cuerda que alguien le había
atado. A pesar de que todas estas circunstancias presagian algo fuera de lo
común, ninguno de aquellos hombres está preparado para la macabra escena que se
presenta ante sus ojos al franquear el umbral. Nada más entrar, se encuentran frente
a cuatro troncos humanos colgados del techo, con la cabeza, brazos y piernas
amputadas y las entrañas extraídas, y otros dos troncos en el suelo, mutilados
de igual manera. Por si esto fuera poco, hallan dos baúles llenos de carne
humana troceada en pequeños pedazos y calderos en los que aparentemente se
había cocinado este improvisado alimento. Una inspección más detallada revela
que la casa entera está repleta de restos de canibalismo. No menos
sorprendentemente, descubren tendido en una hamaca el cadáver intacto de un
hombre vestido como un marinero. Puede que sólo llevase muerto unos días.
Evidentemente, las noticias del terrible hallazgo
conmocionaron a toda la colonia. Pronto se concluyó que los restos pertenecían
a la tripulación y pasajeros del Granicus,
que había zarpado del Quebec rumbo a Cork, Irlanda, el 29 de octubre de 1828,
con alrededor de 30 personas a bordo, de las cuales catorce eran pasajeros y el
resto miembros de la tripulación. Según se pudo averiguar, no mucho después de
haber partido, el barco encalló en la parte oriental de Anticosti. Esta enorme
isla, situada en la desembocadura del río San Lorenzo, es temida por los
marineros a causa de sus peligrosas costas. Los numerosísimos naufragios de que
han sido testigo sus aguas son suficientes para inspirar respeto hasta en el
más curtido lobo de mar: que se sepa, en sus cercanías se han perdido más de
400 barcos desde que la isla fue descubierta por los europeos. Además, los
pobres desgraciados que tenían la fortuna de sobrevivir al naufragio y llegar a
la orilla se encontraban ante un panorama desolador: una isla prácticamente
deshabitada, más del doble de grande que Mallorca, con una temperatura media
anual de 1,9 °C, abundantes precipitaciones (a menudo en forma de nieve) y
escasas facilidades para hallar alimentos. Fue por este motivo que las
autoridades hicieron construir diversos refugios a lo largo de sus costas que,
sin embargo, de poco servían si no eran adecuadamente provistos de víveres,
como la historia que nos ocupa habría de demostrar.
El Granicus encalló
en noviembre de 1828 y se sabe que en los primeros momentos del accidente o en
los inmediatamente posteriores murieron, al menos, dos personas, pues dos
cadáveres fueron encontrados en el lugar. Posiblemente perecieron varios más en
aquellos instantes iniciales. Los supervivientes se dirigieron a la casa-refugio
más cercana, que se encontraba a unas quince millas, y que estaba a cargo de un
tal Godin. No obstante, éste había abandonado la casa el mes anterior y no
quedaban provisiones (en la investigación que hubo después, Godin alegó en su
defensa que había recibido la orden de volver a Quebec y que la comida se había
echado a perder). El refugio proporcionó a los náufragos alivio momentáneo,
pero dado que no pudieron traer consigo las provisiones del barco, pronto
tuvieron que enfrentarse al problema de la comida. Con el duro invierno boreal
a punto de empezar, buscarla en el exterior no era una opción realista para
unas personas que carecían de los conocimientos necesarios para sobrevivir en
un ambiente tan hostil.
Lo que ocurrió a continuación no está muy claro.
Probablemente, los supervivientes fueron alimentándose de los muertos a medida
que se sucedían los fallecimientos por hambre, enfermedad u otra causa natural.
Por desgracia, la naturaleza no siempre suministraba un nuevo cadáver cuando el
anterior había sido ya consumido, y los hambrientos náufragos tuvieron que
añadir el homicidio a su lista de vergüenzas. Las numerosas manchas de sangre
descubiertas por toda la casa, algunas hasta en el techo, dan fe de una
violencia brutal. Ciertas vestimentas, además, presentan cortes realizados con
arma blanca, lo que parece reforzar esta tesis. En unos pantalones en concreto
había al menos diez cortes de cuchillo entre el muslo y la cintura. Quizá hubo
peleas a la hora de determinar quién había de ser sacrificado para que los
demás pudiesen vivir.
Así, cada vez más cerca de los animales que de los humanos, un
grupo de infelices logró sobrevivir al invierno de Anticosti. En la inspección
posterior del refugio se encontraría la siguiente inscripción, que no estaba
cuando Godin lo abandonó: “S. M. T. H. I. F. S. March 27 & 28”. De ello se
deduce que a finales de marzo todavía quedaban siete personas con vida, cuyas
iniciales corresponden con las letras transcritas. Por ejemplo, las dos “S” se
referirían a una señora Sterling y a uno de sus hijos, y la “H” a B.
Harrington, el hombre que murió en la hamaca. Sin embargo, el 12 de mayo ya
habían fallecido todos. ¿Qué sucedió en ese espacio de tiempo de mes y medio?
¿Por qué unas personas que habían sobrevivido a más de cuatro meses de
penurias, en la época más dura del año, sucumbieron tan rápidamente justo
cuando llegaba la primavera? Otro interrogante lo plantea el cuerpo de
Harrington, perfectamente conservado, acostado en una hamaca. ¿Qué siniestro
papel tuvo en los últimos días de esta tragedia? ¿De qué murió, si había
abundante “alimento” en la casa y el frío extremo había ya pasado?
Tan sólo podemos especular acerca de lo que aconteció
aquellas semanas. Tal vez esos “últimos siete” no murieron de hambre: si
tenemos en cuenta que la gran cantidad de carne humana hallada con
posterioridad en la casa correspondía a muchas más de siete personas, éstas ya
debían de tener suficiente carne disponible para sobrevivir, aunque fuera
economizándola. Una teoría considera probable que Harrington, extenuado por el
hambre, el frío y las estrecheces propias de tan prolongado encierro,
enloqueció y mató a los demás moradores del refugio. Luego, procedió a preparar
los cuerpos para su mejor aprovechamiento, como hace un carnicero con los
animales. No sería de extrañar que él tuviera que ver con las cabezas que
quedaron en el horno (una de ellas, por cierto, pelirroja). Al verse de repente
con tanto alimento al alcance de la mano tras un largo racionamiento,
Harrington habría consumido mucha más carne de la que su debilitado cuerpo
podía soportar en esas circunstancias, lo cual explicaría su muerte. Sea como
fuere, en sus últimos momentos fue consciente de que no sobreviviría, y dejó
una nota por la que pedía que se hicieran llegar sus 48 soberanos (una moneda
de oro inglesa) a su mujer en Gran Bretaña. Habría sido interesante que hubiese
dejado también un escrito explicando las desventuras del grupo, pero no lo
consideró necesario, o no quiso hacerlo por cansancio o algún otro motivo.
Resulta difícil determinar cuántas personas perecieron en
aquella casa. Los primeros en investigar el refugio consideraron que había
restos pertenecientes a unas doce o trece personas: dos mujeres adultas, tres
niños y siete u ocho hombres. En inspecciones sucesivas se encontraron nuevos
restos en los lugares más insospechados y el número de víctimas se estimó
entonces en unas 17 o quizá 20 personas. Los restantes ocupantes del Granicus habrían muerto en el naufragio
o en el trayecto hasta el refugio.
Sólo nos queda imaginarnos cómo debió ser la pesadilla que
vivieron los náufragos, aislados en una tierra inhóspita y gélida, encerrados
en una casa durante meses con otras personas igualmente desesperadas y
obligados a cometer actos repugnantes para poder sobrevivir. Seguramente, su
ética y su resistencia física y psicológica se vieron puestas a prueba todos
los días. Por lo menos, su tragedia sirvió para que las autoridades se tomaran
más en serio el correcto mantenimiento de los refugios costeros, toda una
necesidad en la isla de Anticosti, el “cementerio del San Lorenzo”, que vería
muchos más naufragios después del Granicus.
---
Y tú, ¿qué crees que sucedió? No olvides escribir tu comentario.
